Relato basado en la canción “Im not the only one” de Sam Smith. Esta historia participa en la Antología Musical de Inquisición Wattpadiana
“Para
creerse infiel es preciso creerse amado” Jean-Baptiste Racine
El camino a través del parabrisas
era confuso, no sabía a ciencia cierta si era efecto de la media botella de
whiskey que había ingerido o producto de las lágrimas que caían a raudales de
sus ojos.
Estacionó el vehículo sin
cuidado alguno en la dirección que le habían entregado por teléfono una hora
atrás, la decisión estaba tomada, necesitaba enfrentarse a ello para recuperar
algo de lo que pensaba había perdido, aunque ello proviniera de otras manos, de otro cuerpo, otros labios, otro calor, uno ajeno y desconocido. Ella necesitaba
experimentar aquella sensación… entenderlo a él, porque lo hacía.
Se bajó del deportivo rojo y
temerosa se acercó hacia la puerta de entrada de aquella casona antigua pero
muy bien cuidada, tuvo la sensación de ingresar a un cuento de ficción, pero
ahí estaba para vivirlo. Un hombre alto y macizo la detuvo y le pidió lanzar la
botella que llevaba y la dejaría entrar, sabía que había que atenderla como a
una reina, pues había pagado mucho dinero por ese capricho, pero reglas eran
reglas.
Ella de malas ganas lanzó aquello
que la sostenía en pié a la basura, aquello que le daba el valor para
adentrarse en un mundo que no conocía, ya no lo tenía y debía encaminarse sin
el brebaje y hacerle frente a la oscuridad.
Se encaminó a paso lento pero
seguro por un pasillo oscuro, las estrechas paredes cubiertas de terciopelo
negro se deslizaban a través de sus finos dedos con recelo, haciéndole
cosquillas a su orgullo herido, al fondo del pasillo una caseta telefónica roja
al más puro estilo Londinense la esperaba, ingresó y tomó el auricular, al otro
lado de la línea una profunda y ronca voz masculina le susurró…
-Bienvenida, habitación veintiséis, Noah le espera.
Esperó
unos segundos tentada a responder, pero colgó sin más, tan solo oír ese tono de
voz le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral, aunque no
supo identificar el verdadero origen que la puso en ese estado tan vulnerable
de excitación.
Subió las escaleras de un color
rojo intenso y llegó a la puerta número veintiséis, esperó unos minutos fuera
en donde tomó aire y contó hasta diez para que su cuerpo dejara de temblar,
luego exhaló con fuerza y posó su mano derecha en la puerta que se encontraba
entre abierta, adentró un pie y posteriormente el cuerpo entero… Sus ojos se
abrieron de par en par, pero reaccionó y contuvo su emoción.
Todo ahí era cálido, la mezcla de
tonos blancos, crudos y amarillos, incluso la cama perfectamente blanca con
dosel como lo había exigido le provocó un calor agradable, cuando pensaba en
temerle y salir huyendo, las velas, muchas velas por todo alrededor… de fondo
las suaves notas de “Let stay together, interpretadas por la adorable y sensual
voz de Al Green. Esa canción le encantaba, la hacía soñar con un buen
amor, con un futuro incierto… con tantos anhelos que pensó ingenuamente algún
día tener, pero que se esfumaron en tan solo un aroma.
Al costado de la habitación
en un diván negro se encontraba su mercancía, al verlo ahí recostado se
estremeció ¿realmente lo haría? ¿Se entregaría a un desconocido a cambio de
dinero así sin más? Noah al verla se irguió con movimientos lentos y sensuales,
dejándole que lo apreciara a la luz de las velas, ella a unos cuantos metros de
distancia soltó su bolso involuntariamente, y tal vez ni siquiera se
percató de ello, estaba eclipsada observando al hombre ante ella, pestañeó dos
veces y sintió casi tocar su piel como ese movimiento, se volvió a y lo observó
descaradamente, como si acostumbrara a pagar por compañía, lo hacía para no
sentirse vulnerable ante él, era una máscara más en su vida, qué más daba.
Se relamió los labios mientras
sus pupilas dilatadas se anclaban en ese torso dorado, en todos y cada uno de
sus trabajados músculos, en su rostro cuadriculado y barba incipiente, su cejas
marcadas y nariz perfilada, hermosos ojos verdes intensos y salvajes , los
labios maravilloso y bien formados que dejaban ver una marcada sonrisa
traviesa.
-Usted es… Hermosa,
realmente bella para pagar por placer. - musitó él sin quitarle la vista de
encima.
-Tú, dime tú- respondió ella sin saber cómo salieron esas palabras de
su boca.
- Okey tú, dime qué quieres
y yo obedeceré.
-Solo imagina que me amas, que me extrañas y que harías cualquier
cosa por mí. -Musitó en un suave ronroneo.
-Eso no es tan difícil de imaginar,
ven aquí cariño-Respondió Noah con una sensación que no se permitía en su
oficio, y le entregó sus brazos en donde ella se acunó y dejó acariciar como si
lo hubiese conocido antes, como si se hubiesen amado toda la vida.
Noah
recorrió los brazos de la chica con sumo cuidado hasta llegar a los hombros
desnudos y viajó hasta su delicado cuello en donde hábilmente desabrochó su
vestido, este a su vez se deslizó hasta los tobillos, desató la cinta que
sostenía su cabello y lo dejó caer quien celosamente cubrió sus senos y
cintura, una vez maravillado con tal espectáculo no se contuvo más y comenzó
con el festival de besos en descenso desde la clavícula, hasta donde la espalda
perdía misteriosamente su nombre.
Ella cerró los ojos y se entregó
al placer que le otorgaba aquel sensual desconocido, a la locura de sus propias
fantasías, se entregó a otra piel como se había convencido anteriormente, era
una nueva piel sí, pero una con gusto a peligrosa adicción. Se dejó besar como
nunca, se permitió ser tocada por otras manos y mimar por otra voz, cuando
aquel extraño la llevó al mismísimo cielo ya no quiso volver, se rehusó al
dolor que le causaría volver a pisar la tierra, por lo que allá en la cima de
su propio cielo se juró no caminar de vuelta al infierno que era su vida al
lado del hombre que decía amarla, pero que se revolcaba con otra y ella lo
aceptaba por amor, o por guardar las apariencias, al menos eso pensaba.
Sabía muy bien que cuando él la
llamaba amor no era la única que compartía ese calificativo, no era la única en
la vida de él, a pesar que hace tan solo cuatro años el lo había jurado ante un
altar. Después de cuatro horas del mejor sexo de su vida, uno que le entregó muchos
más sentimientos que su matrimonio, le pidió a Noah que la acompañara, a lo
cual él no se pudo negar, había caído en el abismo de sus ojos y sin
paracaídas, estaba maravillado con aquella desconocida, ni siquiera sabía su
nombre pero la seguiría hasta la luna si se lo pidiese.
Tomaron la ducha juntos y
se volvieron a perder en sus sentidos, se enredaron en sus cuerpos y el agua
hasta saciarse, posterior a ello se vistieron y él le siguió como había
prometido, La mujer puso en marcha el vehículo y se encaminaron con rumbo
desconocido para él, sin embargo para ella una tediosa rutina. Luego de
cuarenta y cinco minutos y faltando cinco minutos para las cinco de la
madrugada estacionó frente a los grandes muros de su prisión, su hogar.
-Dame veinte minutos y regreso.
-Claro, te esperaría toda mi vida con tal de volver a ver tus ojos - ella
sonrió, tomo su cuello con fuerza y lo beso con posesión, un beso que nubló la
mente y la razón de Noah.
Sacó de la guantera una bolsa
negra de terciopelo con sumo cuidado y se fue en dirección a la entrada de su
casa. Se fijó que el vehículo de su esposo ya estaba dentro, por lo que debía
estar dormido, y así fue, al llegar a su dormitorio lo vio tendido
plácidamente, lo que provocó en ella una ira incontrolable, tomó la camisa de
él que se encontraba a los pies de la alcoba y como siempre ahí estaba la
huella del engaño, imperceptible para él, sin embargo para ella una burla, los
dulces toques florales de la fragancia de su amante impregnados en la tela.
Se
le veía tan relajado, nada en su rostro evidenciaba lo que había hecho horas
antes, como si nunca hubiese estado con otra, lo cuál se transformaba en una
maldita trampa para que ella volviera a obviarlo todo, pero no, esta vez sería
todo muy distinto. Se acurrucó a su lado y acarició su cabello, sonrió
recordando tantas promesas rotas, él abrió los ojos y la miró sorprendido y
sobresaltado.
-¿Dónde estabas cariño? ¿Ya
viste la hora que es? –Ella lo observaba con sorna.
-¿Dónde has estado te
pregunté? Se incorporó de pronto.
-Haciendo lo mismo que tú haces todos los
viernes por las noches con Verónica, y no te culpo, es delicioso entregarse a
otro cuerpo- Respondió.
-¡Estás loca! ¡Qué dices!
-Siempre lo haces, me llamas
loca cuando evidencio que no soy la única en tu vida. Loca me
hubiese vuelto si jamás hubiese experimentado los orgasmos que esta noche me
han abierto los ojos y liberado mi alma.
-¡Qué has hecho Catherine!
-Ya te lo
he dicho, lo mismo que tú, a diferencia que yo si tengo la decencia de mostrarme
ante ti como lo que soy, ya no quiero mi vida a tu lado negándome a los
placeres que existen ahí fuera para mí, mientras espero que te canses de tu
amante y me vuelvas a ver… ya no.
Del bolso aterciopelado saco unos
guantes de cuero negro los puso sobre sus manos con precisión, luego un
revolver con el que apuntó directo a la frente de su esposo.
-¡Que haces
maldita sea, no juegues con fuego Catherine!
-Creo que te mataré, no cumpliste
tu promesa de serme fiel y no pretendo seguir a tu lado, pero tampoco seguiré
compartiéndote, si no soy la única en tu vida, tampoco lo será otra.
Con una fuerza que no conocía en
si, jaló del gatillo y la bala se insertó en la cabeza de Emiliano, quien cayó
de espaldas con la mirada fija en la de su esposa, ella quedó inmóvil y cuando
reaccionó caminó hacia él, le cerró los ojos con sus dedos cubiertos de la tela
negra y lo besó en los labios.
–Al menos tu última mirada fue para mí, nos
vemos algún día querido.
Dejó el arma en las manos de
Emiliano, se quitó los guantes y volvió hacia la calle en donde Noah la
esperaba ajeno a todo el horrendo espectáculo dentro de esa casa.
-¿Todo bien
bonita?
-Mejor de lo que esperaba- respondió.
-Bien, entonces ¿Dónde vamos?
-¿hasta dónde serías capaz de ir conmigo?
-Yo te sigo hasta la luna si
quisieras- musitó Noah embobado por probar nuevamente la piel de aquella mujer.
-Bien iremos a la luna, y me mostrarás las estrellas bajo tus manos.
-Así será,
no te arrepentirás.
-Lo mismo digo Noah… lo mismo digo.
Karo Leiva A.
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